Caminaba la noche pasada en plena ruta nocturna por la ciudad condal de Barcelona, cuando me asaltó a la memoria el recuerdo de una entrada en este mismo blog, sugerida por la visión de par de lesbianas dándose el lote en una de las esquinas de los muchos clubs de moda de esta zona. No es que nunca haya visto dos lesbianas atracándose de placer entre ellas, si no que me asaltó la curiosidad sobre la precariedad con la que en muchas ocasiones, las relaciones de pareja son puestas a la vista de todo el mundo por no tener un lugar donde estar y mantener. La mayoría de personas -incluido yo-, siempre optamos por el típico hotel de muchas estrellas que pueda albergar nuestra pasión desenfrenada y lujuria en corsetada. Y es que, cuando a uno le aprieta y tiene ganas de montárselo bien con su pareja, desea un buen lugar que le permita estar tranquilo, sosegado y poder disfrutar de la persona que más quiere o, en algunos casos, estar con su scort preferida.

Mientras caminaba hacia el lugar donde había quedado con mi amiga. Analizaba sobre el personaje de J.L.James -Grey-, llegando a la conclusión que era un señorito adinerado con gustos un tanto excéntricos aparte de ser un sadomaso de mucho cuidado. Aparte de utilizar su casa para montárselo con sus ladees preferidas y jugar así a un juego un tanto escabroso, ponía su intimidad en cierta manera en peligro. ¿Por qué en su casa? ¿Por qué tiene que poner en peligro su reputación? Grey, utiliza a un mayordomo -muy al estilo Batman-, para mantenerlo todo bajo control y que nadie se entere de sus debilidades sadomasoquistas. Una contradicción cuanto menos, que un tío tan poderoso ponga su intimidad en manos de un mayordomo. Entonces pensaba: ¿No sería mucho más fácil ir a lugares acondicionados para lo que el quiere hacer? ¿No sería mejor ponerlo en manos de una empresa especializada y de esta manera no se enteraría de nada y estaría mucho más cómodo y atendido?

No tardé en llegar hasta mi amiga. Reconocerla no fue difícil. Vestido ajustado, stilettos negros y una hermosa cabellera negra que le conferían un aspecto de felina salvaje dispuesta a engullir a cualquier hombre que osara retarla. La noche dio su salida pero no tardó en atraparnos entre entre copa y copa. La escena se fue calentando hasta tal punto, que aquello requería subir la apuesta. El problema era que el asiento de mi Mini de 63cv del año 1997, no era de lo más cómodo que digamos. Acogido a los milagros de San Google, teclee en mi smartphone tan rápido como mi dedos podían y mi amiga me permitía. Entonces en la pantalla se mostró un resultado que me llamó la atención. Era un hotel de diseño vanguardista de habitaciones con colores atractivos y una calidad en sus materiales que se podía apreciar en las misma fotos. Mi gusto sibarita no se izo esperar. Aquello era lo que quería y no tenía mucho tiempo. Mi querida amiga se comenzaba a poner nerviosa torturándome con muchos de los múltiples besos húmedos y calurosos que en mi cuello podían caber. Busqué la dirección y el Mini de 63cv rojo de 1997 zigzagueó las calles de la ciudad condal, tan sutil como las mismas curvas del escote de mi amiga. Entre los múltiples acosos de sus resbaladizas manos entre mi entrepierna y el cambio de marchas, acudió a mi mente el recuerdo de la voz de mi amigo Pablo. Un día me contó, después de una noche de grandes fanfarrias; que había estado en un hotel en el centro de Barcelona que coincidía con lo poco que había visto en las fotos de mi smartphone. Lujo, intimidad y un lugar muy de moda para parejas y relaciones.

Varias calles después comprobé que mi amigo no se equivocaba. Al llegar a la puerta de entrada del garaje comprobé que Pablo no se equivocaba. Al poco, mi amiga y yo nos deslizábamos por los marmoleados y modernos pasillos de aquel hotel comiéndonos la boca de una manera impertinente. Aquello pedía un fin y yo, que me gustaba relatar historias, estaba dispuesto a dárselo. Entramos en la habitación y ambos, nos que damos un instante sin palabras. Aquella habitación parecía sacada de una película de Kubrick, con un nivel de diseño y calidad en donde mirases que no se podía dejar pasar. Colores agresivos pero sutiles, modernos, diseño vanguardista muy acorde con la ciudad en la que me encontraba y un espacio amplio con un nivel de limpieza que ya quisiera algún Hilton.

Volví sobre mi y mi amiga ya había encontrado su lugar preferido en la habitación. Un cuarto de baño abierto a la habitación totalmente blanco muy parecido a cualquier spa que se terciara con cierta calidad elevada. Y no era porque todo fuera moderno y de griferías de diseño. Lo que me llamó la atención fue el hecho que todas las toallas y enseres de aquel baño, estaban precintados para mayor higiene de quien gustase pasar allí una noche de lujuria sana y desmedida. Note que mi boca se secaba según mis nervios se acrecentaban y mi presión arterial chisporroteaba en mis pantalones. Dejé a mi amiga desnudándose en medio de una ducha de agua caliente. Me dirigí hacia el mueble bar y saqué una botella de cava de la tierra y me volví con mi amiga, quien muy delicadamente, me miraba mientras se untaba de jabón sus pechos lentamente mirándome sin pedir clemencia o piedad. Descorché la botella, me desnudé y dando un trago largo al cava devoré a mi querida amiga sin pasión ni tregua. Aquella noche prometía ser especial. Tenía la mujer perfecta, el lugar perfecto y la noche adecuada. Tal vez no fuera el adinerado Sr. Grey pero llegué a la conclusión que, aun no teniendo sus excéntricos gustos, sabía que había encontrado el mejor sitio para estar con mi pareja. A pesar de ser un chico de ciudad.

FIN

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