Nunca lo he contado a nadie, pero mi amiga era una duende. Tal vez pensaréis que estoy loco, que veo alucinaciones como Don Quixote de Cervantes, pero os aseguro que no. Una mañana de invierno desapareció y nunca más la volví a ver, pero la recuerdo como el mismo día que apareció frente a mi. Ingenua, inocente, de piel blanquecina, pelo rojizo alborotado y unos grandes ojos de mirada incandescente.

Aquélla fría mañana había decidido dar un largo paseo, por aquel viejo bosque sin un rumbo preestablecido.Dejarme llevar sin más. Me había levantado abotargado, sin ganas de nada, como tantos días y decidí salir de casa, donde la tristeza se había instalado para quedarse. Fue en aquel viejo roble, cuando escuché unos débiles sollozos en medio del susurro del viento. Me detuve intrigado y presté atención. Era claramente el llanto de alguna persona. Guiado por mi oído, llegué junto a unos altos matorrales. Entones fue cuando la encontré. Agazapado  la observé un tiempo sin decir nada. La duende, que no parecía haberse dado cuenta de mi presencia, lloraba sentada sobre un pequeña roca. ¿Cual sería el motivo de su dolor? Salí despacio de mi improvisado escondite para no asustarla, y me acerqué sin prisas paso apaso. Ella no pareció verme pero, cuando estaba casi detrás de su espalda, se giró hacia mi y alzó la mirada sin apenas gesticular asombro alguno. ¿Acaso sabía de mi presencia? Con los ojos enrojecidos y secando sus lágrimas, me miró con una dulzura que jamás he vuelto a experimentar. Tendió sus manos hacia mi y sonriendo me gesticuló que me acercara. Recuerdo que su fragancia era especial, muy especial, tanto, que si cierro los ojos todavía puedo oler el fresco perfume de jazmín y frutos rojos que mis sentidos me hacían recordar.  La duende acarició mi mejilla. Sus manos eran suaves, delicadas, pero emanaban un calor que recorrió mis huesos y por un momento dejé de sentir el frío del invierno.

—Por fin te he encontrado —me dijo sin pronunciar una palabra de sus labios.

—¿A mi? —dije sorprendido y torpemente. NO es muy normal encontrarse un duende y que te hable todos los días.

Ella afirmó con su pequeña cabecita, se limpió la nariz con la manga de su trajecito verde y de un salto recobró la compostura. 

A partir de aquel encuentro, mi vida nunca volvió a ser la misma.

Hoy no está a mi lado. El tiempo ha pasado deprisa y sin miramiento alguno hacia el recuerdo de aquellos días con la duende. Aquella casa llena de recuerdos se perdió en un mar de deudas que pagar. Anduve solo con sus pensamientos navegando por calles desconocidas, embriagado en alcohol sin apenas saber donde sacudir. Que importaba, ya nada era igual. Nada era bueno ni hermoso. Al final, el tiempo me puso en mi camino y fui recogido de la calle como se recoge la basura. Ahora me gobiernan sin yo poder evitarlo. Supongo que al final acabaría aquí tarde o temprano. ¿Dónde puede acabar un anciano sin familia ni techo alguno? Cría cuervos y te comerán los ojos.

Centro para mayores lo llaman. Es curioso sin duda, como la sociedad se ha desprendido de sus “mayores”, para recluirlos en estos centros sin pena ni gloria. Un refugio para morir mas bien lo calificaría. Aunque, no debo ser tan jodidamente hipócrita. ¿Dónde hubiera acabado si estas personas? Al fin y al cabo, a nadie le gusta un trasto viejo y destartalado. Es mejor así supongo. Aquí, con personas iguales a mi y que, por buena ventura, somos atendidos por personas que brindan su sonrisa sin pedírselo. El problema es que,  mi memoria, se desdibuja por la edad y apenas puedo recordar qué pasó ayer. Pienso, cuando consigo hacerlo, que pronto no sabré quien soy. Alzheimer lo llaman. Otros amigos míos de la infancia ya lo pasaron, sus vidas, plenas y excitantes, abandonaron sus mentes sin aviso alguno. Sentado frente a mi ventana, viendo pasar el tiempo decadente, me aferro al recuerdo de aquella duende para poder sobrevivir un poco más. Jamás nadie me dio tanto con tan poco y nunca nadie sabrá comprenderme de la manera que ella lo hizo. Mis sentimientos, mis manías, mi forma de ser; todo aquello que era yo, se lo llevó con su marcha dejándome descompasado como una partitura sin tiempo ni compás. Supongo que aquel día que la encontré, ella lloraba por mi igual que yo ahora por ella pero, creo que la duende vino a mi para ayudarme, cambiarme en algo que estaba falto. Por obra de quién nunca sabré. 

Durante muchos años, la duende siguió a mi lado después de encontrarnos. Creo que si no hubiese sido por ella, hubiese muerto en alguna parte de mi casa desangrado, dormido o colgado de alguna lámpara que aguantara mi flacucho cuerpo. Por aquellos días mi tristeza era más grande que mi espíritu. Mi esposa, amada y querida, compañera durante muchas lunas, había dejado este neblino mundo para acercarse a la Luz imperecedera. Yo quedé inútil y desvalido con su marcha. ¿Acaso puede una mano limpiar a la otra si no está? Muchas veces he pensado que tal vez, la duende era un ángel disfrazado para acompañarme en mi tristeza pero, lo que sí supe es que mi corazón sintió paz durante todo el tiempo que a mi lado estuvo.

Pasábamos horas, días y noches hablando de todo lo que se nos antojara. Ella, por su longeva edad y experiencia aunque no lo aparentase;  sabía consolar el dolor que habitaba en mi tras la marcha de mi esposa.  Me enseñaba el poder del amor sincero y la entrega por los demás sin pedir nada. Aprendí de ella que el amor puede ser más preciado que una Cátedra, y que su poder, va más allá que los mismos cimientos de la Tierra. El problema fue,  que aquella palabra que promulgaba, en mí no residía desde hace tiempo. Hubiese gustado de tenerla antes. No me enorgullezco de algunos comportamientos de antaño.

Una mañana, ya no acudió a mi ventana como siempre hacía. Lloré con amargura y dolor. Sabri que no volvería a sentir el consuelo de sus palabras en mi.  Pensé que se habría cansado de mí, aunque alguna cosa me decía, que había  cumplido su labor conmigo.  Aquella duende me enseño, algo que había perdido, que no valoraba y que mermó mi corazón para hacerlo frío como el acero. Aquella duende me enseñó la palabra: amar.

Ya poco me queda. El tiempo ha corrido deprisa y me ha postrado en la cama. Mi cuerpo está ulcerado y a duras penas consigo ya recordar cada vez más cosas. Estoy perdiendo el recuerdo.  Respiro despacio, me cuesta y duele como mil demonios en mi interior. No duraré otro invierno. Me quedaré frió y sin vida con el único recuerdo que me queda. Mi querida esposa. Daría lo que fuera por volverla a verla. Decirle que lo siento. Pedirle perdón. Comenzar de nuevo.

Dolor. Intenso y agonico. La Diosa de la muerte anda entre las sombras de la habitación. Ya llega. La siento.  Me equivoqué. Nunca fui bueno en las quinielas. Mi ojos se nublan, la puerta de la habitación se abre, apenas puedo oír las palabras de las enfermeras. Se acabó. Intento pronunciar alguna palabra pero desaparecieron de mi mente.

Se acabó. Espero que San Pedro no sea duro conmigo.

Abro los ojos y las hojas de los árboles bailan mecidas por el viento. Me incorporo y descubro el viejo roble frente a mi. ¿Es esto la muerte? No merezco tanta suerte por mi  viciosa vida. Una sonrisa me llama la atención. La reconozco. Miro a mi lado y  la veo, es la duende, está sentada en su piedra del bosque. Sonríe. Un perfume. Detrás de mi. Es ella, mi otra mitad. Mi querida esposa. Mis ojos brotan en lágrimas. Las dejo ir. 

Me acerco hasta ella y la contemplo, como si la Santísima estuviese allí plantada.  Está hermosa. No sé que decirle. Ella sonríe, yo me deshago en arrepentimientos. Tapa mi boca con un dedo y mira hacia la duende, quien sonríe  y nos mira con grandes ojos. Después desaparece entre arbusto de colorida flor. Solo puedo agradecer a la duende que me diese aquella oportunidad. 

Quedo en paz conmigo mismo, y pido una y otra vez perdón. Cuanto me hubiese cambiado la vida si escueta palabra hubiese aprendido a decir de corazón.

 

FIN

Dedicado a la verdadera duende que marcó mi vida.

Espero que te guste y lo puedas leer estés donde estés.

Mª Teresa Soler A.

 

 

Redactor Runner
Sígueme en:

Redactor Runner

Nacido en 1976 en Valencia. Hijo adoptivo de la muy gloriosa Ciutat de Sueca (Comunitat Valenciana). Apasionado de las letras y cualquiera de sus maneras de expresión. Soy de aquellos que escriben con puntos y comas en el WhatsApp; qué le vamos hacer. Creo en la filosofía "Learning by doing". Runner maratoniano y fotógrafo autodidacta.
"El conocimiento está ahí fuera. Solo tenemos que buscarlo"
Redactor Runner
Sígueme en:

Latest posts by Redactor Runner (see all)

Comments

comments