La cafetera atravesó la puerta que accedía a la consulta del psiquiatra y cerro de un golpe causando un fuerte ruido. Llegó al diván de piel negro con ribetes en blanco comprado en Mathius Desing y se recostó dejándose caer.
—Buenos días —dijo Paul Cerebrus el psiquiatra afamado en toda la ciudad por sus técnicas revolucionarias— Creo que mi puerta no aguantará más envistes por su parte.
—Buenos días serán para usted —dijo la cafetera gruñendo. El café torrefacto le había cambiado en los últimos años el humor—. Con el dinero que me cobra podrá comprarse otra. Estoy seguro.

Paul Cerebrus se acercó al sillón de piel junto al diván. Se sentó despacio, sin prisas. Como queriendo sentir la comodidad que debía trasmitir aquel sillón, arreglo al dinero que le había costado.
—¿Cree usted que es la solución? —dijo el psiquiatra.
—Mírelo de mejor modo doctor. Podrá comprársela en Mathius Desing —dijo la cafetera acomodándose en el diván—. Además, no se que diantres le ve usted a esa tienda. Este diván es incomodísimo. No sé qué le ha visto.
—Es de diseño.
—Es una mierda —espetó la cafetera.
—Me alegra que su humor mejore día a día respecto a su vocabulario.
La cafetera se giro hacia el doctor y sus ojos quedaron como platos al ver aquella escena.
—Con lo que me cobra po… ¡La madre que lo parió !—grito la cafetera dando un salto en el diván— ¿Cómo se le ocurre tal ofensa en mi presencia?
—¿Que ofensa? —pregunto Paul Cerebrus
—¡Por el santo café de Colombia! Un café de maquina expresso en mi presencia. ¡Ah! Y no de las normales… De cápsulas.
—Esta muy rico —dijo el doctor dando un sorbo a su expresso —. Debería probarlo.
—Lo siento pero no me va el royo homosexual —dijo la cafetera muy cabreada—. Debería escupirle a la cara.
—Vamos, vamos, no se enfade —dijo el doctor dejando su taza en la mesita de cedro comprada en Mathius Desing, al lado del sillón de piel.— Era sólo una prueba. Quería probar que tal andan esos ánimos, pero veo… No hemos avanzado mucho.
La cafetera rompió a llorar desconsoladamente mientras se tapaba con uno de los cojines bordados a juego que decoraban el diván.

—No llore. Sabe que no lo soporto—dijo el doctor Paul Cerebrus abriendo su libreta de notas Moleskine a la vez que cruzaba las piernas—. Llorar no arreglará nada de lo que le atormenta.  Hay que actuar. Nada de quedarse de brazos cruzados. ¿Ha seguido mis consejos?

La cafetera cesó de llorar. Guardó silencio.

—¿Está presente? —preguntó el doctor al notar el silencio.

—Sí

—¿Ha realizado los ejercicios mentales y de autoayuda? —decía el doctor escribiendo con su pluma de Mathius Desing Black Pearl sobre su cuaderno Moleskine.

—No.

—¿No? —el doctor cesó su escritura y miró a la cafetera que seguía con el cojín. Lo retorcía de sus puntas—. Muy mal, muy… mal. Horrendo. Acabará destrozando mi cojín.

La cafetera se retiró el cojín y se incorporó sobre el diván. Miró al doctor y luego su mirada cayó al suelo.

—No hay solución doctor —dijo la cafetera—. Estoy condenado a desaparecer entre la vieja loza de la abuela. Los jóvenes ya no piensan en mi. Quieren esas cafeteras tan… tan…

—¿Modernas? —añadió el doctor.

—Si… eso es —decía la cafetera secándose las últimas lagrimas—. O tal vez… unas malditas lagartas. Unas pijas estrechas, unas… Mis antepasados hicieron el café hasta al mismísimo Franco.

—Eso no está muy bien cafetera —dijo el doctor anotando—. No diga tales aberraciones sin sentido. Creo que el motivo que salga su café tan cargado viene debido a esos humores. Entienda que es el progreso del hombre.

—¿Progreso? –dijo la cafetera alzándose de un vote del diván —. ¡Me estoy quedando sin trabajo!. Cosa que usted no tiene ni idea de lo que es eso ¿verdad?

—Ummm…

—Claro que no. No ponga esas cara de circunstancia. A usted no lo van a reemplazar por modernas cafeteras de diseño con múltiples funciones y que además, son publicitadas por actores de cine. ¿Lo entiende? ¿Quién me defiende a mi? ¿Sabe la de cafés que he hecho en mi vida? ¿Entiende lo que es hacerlos con cafés baratuchos? Ellos dicen que hago malos cafés; muy fuertes; sin sabor no textura. ¡Por el amor de Dios! ¿Qué textura voy a sacarle a un café de 0,99 el kilo?

La cafetera volvió a recostarse en el diván. Suspiró  y cerró los ojos.

—Me doy por vencida doctor. Esto es inaguantable para mi.Ya no soy atractiva para nadie. Todo es una mierda.

—¿Ninguno?

—Ninguno. Esas lagartas se los llevan todos, todos. Los de Brasil, Colombia… hasta los de Africa. ¡Ay! Que recuerdos cuando yo me lo montaba con esos africanos. Y es que… una no es de piedra. ¡Menudo calentón! Vamos, ni de los de marca blanca quieren nada conmigo. ¿Se lo imagina? Todo para esas señoritingas de filtro estrecho y pomposo color. ¡Las odio! ¿No tiene usted calor?

—Alguno tendrá que haber digo yo —especuló el doctor—. Siempre se ha dicho que la experiencia es un grado. Aprovéchelo.

—¿Por eso mira usted a su secretaria de tetas gordas y culo estrecho con buenos ojos. ¿Verdad?

Paul Cerebrus carraspeó.

—Eso no viene al caso —respondió el doctor aflojándose la corbata.

—¡Será capullo !—dijo enojada y algo humillada la cafetera— Todos sois iguales. Os puede la entrepierna más que eso gris que escasea en vuestras cabezas. Por eso los cafés no me hacen ni puñetero caso. ¡Que soy vieja dicen! La planta que los parió. Tenía que hacer café de marihuana. Al menos me colocaría un rato.

—Bueno mire —el doctor se levantó del sillón y dejó el bloc de notas y su estilográfica Black Pearl en la mesita—.  Vamos hacer una cosa…

—Va usted a preparar un café conmigo —dijo la cafetera ilusionada.

—…no, no, esa no era la idea.

—¿Por qué no?  Yo hice café hasta al mismísimo general Patton el la Segunda Guerra Mundial.

—Hace usted los cafés muy aguachados y quemados —añadió el doctor—. Es algo que debe de asumir y metalizarse. Piense que es una obra de coleccionista y que la humanidad le debe mucho.

— Será… ¿Eso cree que deberá hacer? —dijo la cafetera malhumorada.

—No, no —dijo el doctor acercándose a otra puerta de la consulta al costado de la de entrada—.Es algo mejor y que le ayudará a superar este mal trago. Es un tratamiento de choque. Algo que no me deja más remedio-

Paul Cerebrus abrió la puerta y de ella, salió una flamante y preciosa cafetera expresso último modelo de color rojo. Se detuvo al lado del doctor y lo miró con grandes y rasgados ojos verdes.

—Me tenía preocupada doctor —dijo la cafetera expreso—. Dentro de ese armario… hace mucho, mucho, mucho calor. ¿Sabe? Tengo el filtro húmedo.

La cafetera se alzó del diván y se quedó sin palabras al ver aquella flamante cafetera expreso coquetear con el doctor.

—¡Ya decía yo que usted era un vicioso! —dijo la cafetera totalmente enojada— ¿No pretenderá que hagamos un trío?

—Le presento a Betty Express –dijo el doctor acompañando a la cafetera expreso hasta el diván— Quiero que se hagan amigas. Betty la ayudará relacionarse con nuevos cafés y aumentar su carisma. ¿Que le parece? Seguro que se hace buenas amigas.

—¿Que yo me vaya con esta pija a dónde? —decía la cafetera mirando a Betty con ranciedad.

—Sin ofender por favor —dejo Betty sentándose en el diván muy sutilmente— Mis oídos son muy delicados ante palabras tan vulgares.

—Guapa… No es a mi a quien le han puesto un nombre de zorra —decía la cafetera mirando hacia otro lado con desidia hacia Betty—. ¡Maldita pija coloreada!

—A ver cafetera —dijo el doctor volviendo a sentarse en su sillón de diseño—. Esto es una terapia no una amistad. Pruebe a conocer otro mundo del café. Ella la llevará a nuevos países con cafés que tal vez la valoren por lo que es. Experimente, ábrase a nuevas experiencias.

—No me convence doctor. Una tiene su orgullo sabe.

—Podríamos ir a Madagascar —dijo Betty—. Allí dicen que los cafés son muy potentes, fuertes y saben como hacerlo de muchas maneras. Me han dicho que hasta con un poquito de canela. ¡Delicioso!

La cafetera dio un respingó y algunas gotas de sudor resbalaron por su mango. Después un silencio palpable se instaló en la consulta.

—¿Has estado allí pij… Betty? —dijo la cafetera girándose hacia la cafetera expreso.

—Muchas veces— respondió Betty riendo—. Sus playas son geniales. El sol, la brisa del mar… y sobre todo esos cafés tan… tan… ummm. Sabrosos. ¡Uf! ¿Hace calor o me lo parece?

—¡Vale, vale no continúes pija de filtro estrecho! ¿Dónde hay que firmar?

—Sabía que no se podría negar —añadió el doctor con una amplia sonrisa por su triunfo.

—Es usted un cabronazo doctor —dijo la cafetera con una medio sonrisa— Esto no se me hace. ¿Como negarse a esto? Sabía de antemano que estoy cachonda y me ha tendido una trampa.

—Ya le dije que era el mejor. Cuando usted regrese de Madagascar pase por mi consulta y evaluaremos.

—¿Si vuelvo? —decía la cafetera poniéndose en pie— Vamos pi… Betty. ¿Cuando sale el primer vuelo a…

—Ma, da, gas, car.

—No me vaciles guapa—dijo la cafetera levantando a Betty del brazo— Tira delante de mi.

—¿Escribirá cafetera? —preguntó el doctor viendo encaminarse a las dos cafeteras hacia la puerta.

—Alguna foto le enviaré no se preocupe —respondió la cafetera cogida del brazo de Betty— Adiós, adiós.

El doctor se despidió de la cafetera mientras escribía unos últimos apuntes en su libreta. La puerta de la consulta se cerró. Tras ella la cafetera y Betty Express, tomaron el ascensor que las llevaría hasta la planta baja. Allí tomarían un taxi hacia el aeropuerto. A la vez, Paul Cerebrus las observaba tras la ventana de su consulta saboreando un nuevo café expresso, sintiendo orgullo de haber reparado una mente más de las muchas que en el mundo coexistían.

El mundo estaba más tranquilo gracias a él.

FIN

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Nacido en 1976 en Valencia. Hijo adoptivo de la muy gloriosa Ciutat de Sueca (Comunitat Valenciana). Apasionado de las letras y cualquiera de sus maneras de expresión. Soy de aquellos que escriben con puntos y comas en el WhatsApp; qué le vamos hacer. Creo en la filosofía "Learning by doing". Runner maratoniano y fotógrafo autodidacta.
"El conocimiento está ahí fuera. Solo tenemos que buscarlo"
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